El huracán Marie, que alcanzó la categoría 1 en aguas del Océano Pacífico, ha comenzado a hacer sentir su impacto en Baja California Sur con intensas precipitaciones, oleaje elevado y el desbordamiento de arroyos en varios municipios. Ante esta situación, la Secretaría de Marina tomó la precautoria decisión de cerrar puertos marítimos imprescindibles como La Paz, Cabo San Lucas y San Carlos para embarcaciones menores, con el fin de prevenir incidentes que fácilmente podrían haberse evitado si la prevención no fuera siempre reactiva.

Paralelamente, elementos del Ejército Mexicano y de la Guardia Nacional activaron el Plan DN-III-E, un operativo que poco a poco se ha vuelto la carta obligada en emergencias nacionales. Su labor principal, en esta ocasión, es auxiliar a la población atrapada en encharcamientos y despejar las vialidades de escombros, recordándonos que las cuestiones básicas de infraestructura y drenaje muchas veces quedan a merced de las fuerzas armadas para salvar el día.

El Consejo Estatal de Protección Civil, por otro lado, determinó la suspensión total de las actividades escolares en Los Cabos y Comondú, unas zonas particularmente vulnerables a deslaves y corrientes de agua. Una medida necesaria, pero siempre cuestionable sobre cómo los riesgos se gestionan tarde, cuando ya se acercan los desastres.

Mientras las autoridades actúan para mitigar los efectos inmediatos de Marie, la pregunta es cuánto se podría mejorar la planeación y prevención para no depender continuamente de cierres y planes de emergencia que parecen más bien parches temporales.